Fuera de concurso, pero apropiado para este mes de noviembre en el que estamos de Concurso de Perros y Gatos, es este recuerdo de hoy.
Mi gata se viene de vacaciones a la playa, al campo y durante los seis años que veraneé en la isla de Menorca, vino también, bien vacunadita eso si, porque allí se asilvestraba los 15 días y volvía a casa solo para comer. Y es que, como Elena, la gata viaja muy bien. En estos trayectos cortos a Menorca volaba en cabina y no daba ninguna guerra. Maullaba un poquito al subir al avión, y yo me la ponía a mis pies. Una vez que despegábamos se quedaba muy plana, pegada al suelo de su caja y tan inmóvil, que más de una vez pensé que se había quedado tiesa. Uno de esos veranos me la jugó, aunque no fue su culpa.
La dinámica para viajar con gatos es muy sencilla. El día que viaja no se le pone de comer, así acude rauda en cuanto se le llama; pero ese día, ay. Ese día se me olvidó que cogíamos un avión a las 2 de la tarde, la gata comió su latita por la mañana y como todos los días, despareció por los pinares de alrededor de la casa. Llegaron las 11 y por más que la llamamos no vino. A las 12 nos paseábamos todos por los pinares golpeando una lata de comida con el tenedor y gritando su nombre. A la una de la tarde el grupo partió hacia el aeropuerto, llevándose a mi hija a Madrid, y yo pospuse el vuelo (pagando, claro). Me quedé sola en una casa que hasta entonces había estado llena de vida, niños, risas y bañadores secando al sol. Volvió cuando le dio la gana, a las seis de la tarde cuando yo ya no tenía fuerzas ni de regañarla. Cogí mi bolso, la metí en su caja y nos fuimos al aeropuerto donde me metieron en el primer vuelo en el que hubo plaza: fue en ese vuelo Mao-Mad en el que regresé con Víctor y Ana de compañeros de asiento.
Este verano le expliqué la dinámica a Kali y por primera vez en mi vida creí que no había funcionado. La noche antes de regresar de la playa le dije a Kali que no diera de comer a la gata por la mañana (a pesar de que alimentar a la gata es una de las responsabilidades de Elena, si está Kali en la casa, incomprensiblemente, la gata le pide de comer insistentemente a ella). Kali no le dio, Elena no le dio, yo no le di, (de hecho recogí todos los platos y solo le dejé el agua). Con las maletas ya en el coche y apartamento recogido empezamos a llamarla y que no viene. Llamamos con el tenedor golpeando la lata (método infalible si tiene hambre) y no viene, miro en casa del vecino de la izquierda, por si ha saltado por la terraza, nada. En casa del vecino de la derecha. Nada. De repente un maullido sale de la pared. ¡Al levantar las camas (abatibles) la habíamos dejado emparedada!
Aunque sin duda los vuelos de la gata que más he padecido han sido los dos de México. Al ir para allá la metí en su caja dos horas antes del vuelo, luego fuimos las tres en la furgoneta con mis cajas al aeropuerto y la entregué en Barajas donde vi cómo se la llevaban a la bodega junto con unos enormes perrazos. Hasta que pudo salir de la caja en su futura casa pasaron catorce largas horas en las que la pobre sólo se orinó al reconocer mi voz y la de Elena cuando nos la entregaron en el aeropuerto Benito Juárez. Allí, con la gata meada fuimos las últimas en poder salir porque esta vez si que inmigración revisó meticulosamente que todos los papeles estuvieran en regla. A los pocos días la operaron de un tumor que resultó ser benigno. Su vuelo de regreso también fue una epopeya y esa la vivisteis en vivo y en directo aquí. Ella se hubiera querido venir con Elena y conmigo, de hecho se metió en las maletas porque se olía el percal, pero no me llegó hasta unos meses más tarde. El encargado de animales en Aduanas me dijo “que sepas que la tienes de milagro, si no llegas a estar tu tan implicada la regresamos de vuelta a México, porque el trasporte de este animal ha incumplido todas las normativas”. Tuve que ir por ella a los angares, donde estaba colocada en lo alto de un gigantesco estante (de hecho la recogió uno de esos brazos metálicos, como los muebles en ikea). Después de tantos años, vuelos y viajes, y separaciones ésta fue la primera vez que lloré al verla.
10 comentarios:
¡Ay la señora! Comprendo perfectamente tu angustia al dejarla atrás... Lo mejor del caso es que ha tenido final feliz, que te viva muchíiiiisimos años más, son mis mejores deseos.
Tiene que ser verdad que las mascotas acaban pareciéndose a sus dueñ@s. Los míos son caseros, sedentarios y... hasta un poco agorafóbicos XD. Ah, cuando me voy a ir de viaje también se meten en las maletas y se echan a dormir ;)
una gata viajeraaaa, eso es lo que yo necesitaría de mascota, bueno más bien no necesito mascota. Qué guapo el relato, me la imaginé emparedada en la cama empotrada, ajajja, pobrecita.
Esta gatina tuya tiene una vida mucho más intensa que la de muchas (personas) humanas.
Porque la presentas fuera de concurso, pero si se resolviera por votación popular, estoy segura de que la ganadora sería ella.
A mí me reconcomería la angustia de que llega la hora y la gata no aparece. Con lo que soy para los relojes, que hasta me los quieren hacer desaparecer. Pero los animales son así....Bonita historia.
Estoy con Mármara!
Qué buena vida le das hija, qué buena vida!!
Qué historia más bonita, me ha encantado...
Muchos besos!
Lleva casi tantos Km encima como tu. Menudo palo tuvo que ser esa espera...
Un besote!!
Tu gata debería escribir un blog,y contar sus anecdotas, como cuando sabiendo que os íbais decidió alargar las vacaciones para estar un poco más con el gatito q había conocido en el verano.
Ha vivido mucho tu gata.
Hay cosas que no se pueden dejar... Bueno, cosas...
Ooooh pobrecita, normal que soltases alguna lagrimilla...
Un achuchón grande para esa gatita que lo pasó mal.
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